Con su beatificación, Juan Pablo II queda a un paso de los altares


El periodista Antonio José Caballero revive los momentos que vivió al lado del Papa polaco.

En octubre 1978, cuando tuve el honor de hacer la primera entrevista que daba el Papa Juan Pablo II a un periodista, que prácticamente 'le metió la grabadora' en la boca, dos días después de su elección, le pedí un mensaje de paz para Colombia y me dijo: "Es un país que está en mi corazón. Hablé mucho con su cardenal (Aníbal) Muñoz Duque, y ojalá pronto encuentren la paz a través del diálogo verdadero".

Cuarenta y ocho horas antes, yo transmitía en directo y, cuando el cardenal Pericle Felici anunció el nombre del nuevo Papa, la mayoría de los periodistas del mundo, a mi alrededor, gritaron: "¡Africano!". Fue el entonces obispo auxiliar de Medellín, Alfonso López Trujillo, quien me dijo: "Es polaco y búsquelo por la w". Se habían hecho buenos amigos en Roma, donde se encontraron, durante un aguacero, en la plaza de San Pedro. López Trujillo se integró de inmediato a la transmisión que hicimos durante 4 horas.

Yo había conversado con Wojtyla en Roma dos días antes del cónclave, pero nunca sospeché que sería el Papa. Realmente, era una cara que los vaticanistas me mostraban como muy importante en el sínodo transcurrido al final del papado de Pablo VI.

Uno de los misterios de esa noche, después de la fumata blanca, es que en mi grabación, cuando Felici dice "Habemus papam", se produce un silencio y alguien de la multitud, una voz que se levanta de la plaza, grita, antes de que Felici complete la frase: "¡Wojtyla!". Cuando lo vi en la ventana, en su primer mensaje, comprendí que iba a dominar el mundo. Bastó su saludo en italiano, con acento polaco, para que la multitud se rindiera a su carisma. "Soy el Papa que viene de lejos y me atrevo a hablar en vuestro idioma, en nuestro idioma; así que si cometo algún error, corregidme".

En ese momento, el mundo entero se entregó a sus mensajes. En el primer encuentro con nosotros ya tenía destino fijo: México, a donde llegó, meses después, a inaugurar la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Puebla.

Le pregunté cuándo vendría a Colombia. "Cuando me invites -dijo-. Aunque lo importante no es ir a los pueblos personalmente, lo importante es lograr unión y reconciliación, y estas deben ser verdaderas y profundas antes de hablar de paz". Luego, vino su primera bendición a Colombia, en directo, a través de RCN Radio. Era la primera vez que un Papa recién electo enviaba un mensaje a un país a través de un micrófono de una cadena radial.

Ocho años después cumplió su promesa, invitado por el presidente Belisario Betancur, y en medio de un mar humano llegamos a Bogotá, en el Isola de Capri, de Alitalia. En el vuelo, logré que hablara del sentido de su visita: "Quiero ser portador de la reconciliación que nace en el corazón del hombre, con una deseada paz para tu país", me dijo.

Lo esperé en otro rincón de la aeronave y allí, más tarde, profundizó en el sentido de sus palabras: "Hay males actuales que se deben atender, porque para una reconstrucción orgánica se debe atender lo que vive socialmente la base de la población".

Por esos días, la Nunciatura en Bogotá había recibido una carta de las Farc solicitando diálogo por la paz de Colombia. Me tomó del brazo y me dijo : "Ellos ya recibieron respuesta a través del Nuncio, porque no olvidemos que vemos a un país que tiene instituciones".
Le insisto: "Y hablan de paz, Santidad...". Y me dice: "Paz, sí. Pero, qué quiere decir paz. Si la paz quiere decir hacer terrorismo, así no la podemos entender. Así no es paz".

Al indagarle sobre la dejación de las armas para el diálogo, contestó: "Eso es un problema técnico. En verdad, hay que dejar las armas, no sé si en la montaña o en otra parte, para no hacer más daño".

Al mes siguiente, Colombia estrenaría el gobierno de Virgilio Barco. Le propuse ofrecer una recomendación y me dijo: "Debe introducirse una verdadera justicia social, siempre mayor, con las reformas necesarias, sin llegar a la violencia".

Y sobre los narcotraficantes dijo: "Ellos saben que están haciendo el mal. Deben buscar acciones necesarias para detenerlos y, como responsables, deberían buscar, incluso, salvar a sus víctimas".

Posteriormente, ante la cruz de Armero, invitó a Colombia al futuro: "Que todas las miradas se vuelvan hacia esta cruz... Árbol de vida... Punto de convergencia entre el cielo y la tierra, donde se obtiene la reconciliación y renace la esperanza". Veinticinco años después, todavía tenemos esa signatura pendiente: la paz.

En Popayán, ante la ira del arzobispo titular, Samuel Silverio Buitrago, por una carta de los indígenas a la que consideró subversiva, el Pontífice ordenó su lectura y un diálogo con el indígena que luego desapareció.

"Encontré un país profundamente cristiano; lleno de esperanza y amante de la paz", sintetizó, sobre su estadía en Colombia, en el avión que nos llevaba de regreso a Roma. Esos siete días blancos de su visita fueron violentados apenas dejamos el cielo colombiano. La guerrilla asesinó a varios campesinos en la frontera con Venezuela.

En ese mismo vuelo de regreso, observé que la aerolínea colombiana había impreso equivocadamente en el menú el escudo papal de Paulo VI y le pregunté si esto le molestaba. Sonrió: "Es un honor para mí recordarles a mi antecesor. Fue él quien abrió los caminos para otros atletas de Dios".

Algo muy diciente de su manera de vivir la fe fue el perdón que le concedió personalmente a Alí Agca, luego del atentado que casi le cuesta la vida. En una oportunidad, comentó que el perdón es lo más profundo del ser humano.

Ese fue el Papa que conocimos en Colombia y que el próximo domingo estará en los altares de la Iglesia Católica como beato, camino a la santidad. Un hombre que le dio varias vueltas al mundo en viajes pastorales que tuvieron un fuerte tinte político. Un hombre de voz fuerte y pensamiento claro. Para algunos, conservador a fondo y de una espiritualidad profunda, que lo llevó al sufrimiento hasta la tarde que no pudo hablar más en su habitación y, por señas, pidió una hoja de papel y escribió: "Totus tuus", Todo tuyo, las palabras que fueron el lema de su escudo.

Ahora recuerdo que una monja polaca que lo atendía en el Vaticano me contó que una tarde, ya casi al final, lo vio sentado, muy cansado y le dijo: "Estoy muy preocupada por Su Santidad", y Wojtyla le respondió: "Y créame, yo estoy más preocupado que usted por mi santidad".

También me viene a la memoria la anécdota contada por el hoy centenario cardenal Franz Köenig, arzobispo de Viena, considerado como su gran elector. Al entrar al cónclave, y tras haber consultado la opinión del casi todo nuevo Colegio Cardenalicio, le dijo al viejo primado de Varsovia, Stefan Wyszynski: "Es posible que un hombre polaco no vuelva a su diócesis". A lo que preguntó Wyszynski: "Entonces, quiere decir usted que yo no regresaré a mi arquidiócesis de Varsovia".

Y le ripostó Köenig: "No, usted vuelve a lo suyo. El que no vuelve es el cardenal de Cracovia". Sin embargo, el primado polaco dudó de ese anuncio y le dijo: "Es muy joven, inexperto y poco conocido". Horas después se estaba haciendo el anuncio en la plaza de San Pedro: Karol Joseph Wojtyla era el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica, un Papa que vino de lejos a ocupar la silla de Pedro después de 450 años de hegemonía italiana.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Compartenos

Twitter Delicious Facebook Digg Stumbleupon Favorites