La crisis de Samuel Moreno

Yo no estuve en una crisis institucional: fueron tres. Siendo presidenta del Polo Democrático Alternativo, el 3 de mayo de 2011 ,fue suspendido el alcalde mayor de Bogotá, Samuel Moreno, la persona que ocupaba la mayor dignidad electoral que hasta ahora ha alcanzado un militante de mi partido. Nuestra dirigencia y militancia entró en crisis.
Tengo que admitir que fue uno de los momentos más duros de mi vida política y le pedí al suspendido alcalde que renunciara. Muchos criticaron al partido por no haber pedido esta renuncia antes, pero soy una persona que se apega fielmente a esa presunción de inocencia sin la cual viviríamos en una sociedad más parecida a la que en alguna época soportaba las cacerías de brujas y los linchamientos públicos.
La vida da muchas vueltas y para el 2 de agosto, cuando el procurador general de la Nación anunció la extensión de la suspensión por otros tres meses, yo ya había sido nombrada como alcaldesa designada por el presidente Juan Manuel Santos. Llevaba mes y medio en el cargo. Siete semanas que parecían años. Desde mi designación me había dedicado a recuperar la confianza de la ciudadanía y de los funcionarios, que tenían la moral por el piso.
Mi consigna fue una: responderle a la ciudadanía, escucharla, entender sus quejas, compartir sus deseos y aprender de su sabiduría. Si la administración no tiene la confianza de los ciudadanos, entonces existe la amenaza de que perdamos nuestro sentido de ser, nuestro deseo de progresar unidos y nuestra esperanza en el futuro. Cuando perdemos la confianza, ponemos en riesgo el tejido social y político que permite que nuestras instituciones trabajen para el servicio de la ciudadanía. La confianza no es un sueño romántico, es el pilar de una democracia y de una sociedad que busca ser mejor. Es lo que permite que soñemos que el futuro de nuestros hijos sea mejor que nuestro presente.
Perder la confianza en nuestras instituciones es también perder la confianza en que, como ciudadanos, seamos nosotros mismos los verdaderos constructores de la democracia. Ese fue el primer reto que teníamos que superar y creo que lo logramos. Ese 2 de agosto, cuando prolongaron la suspensión de Samuel Moreno, la administración ya no estaba a la deriva, pero seguía cojeando. Cuando supe que continuaría por lo menos tres meses más en el cargo, concentré mis esfuerzos en poner la casa en orden, en enderezar el rumbo de la ciudad, en buscar nuestro norte. Trabajamos día y noche cuidando los detalles, haciendo las preguntas que se tenían que hacer, buscando soluciones y tomando las acciones necesarias. Una administración distrital trabajando a un ritmo frenético para recuperar el tiempo perdido y responderle a la ciudad.
El último episodio vino cuando se dictó la medida de aseguramiento contra el alcalde Moreno, el 23 de septiembre. Ya era un hecho que seguiría como alcaldesa hasta el final del año y nuevamente nos volcamos a la tarea de cumplir con el Plan de Cierre de la Administración y con las muchas iniciativas que habíamos empezado. Ahora que estoy próxima a entregar este cargo me doy cuenta de que he aprendido una gran lección. Bogotá es una ciudad increíble. Es una ciudad que tiene lo mejor de Colombia. Una ciudad que puede superar cualquier crisis. En la opinión de muchos, logramos rescatar la confianza de la ciudad. Nuestro secreto fue que la ciudad nos diera una mano. Su apoyo, su ambición, sus ganas. Ocho millones de almas, de sueños y de sorpresas. Eso fue lo que superó la crisis institucional, y yo tuve el privilegio de ser quien recibió ese apoyo. Gracias, Bogotá.

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