El problema, que hasta entonces existía sin ser demasiado visible, se salió de toda proporción en abril del año pasado. El coronel de la Fuerza Aérea afgana Ahmed Gul asesinó a ocho soldados estadounidenses y antes de suicidarse tomó sangre de los cuerpos para escribir en una pared: “Dios, en su nombre” y “Dios es uno”.
El informe en el que las fuerzas afganas reportaron la masacre de estos soldados, que trabajaban para la misión de la OTAN, decía que la actuación de Gul respondía a un enorme grado de estrés causado por preocupaciones económicas. No obstante, por debajo de dicha versión corría un secreto a voces acerca del odio visceral del coronel hacia los Estados Unidos.
En un hecho semejante, a cuatro soldados franceses radicados en el valle de Taghab les correspondió el turno de morir a manos de un “aliado” afgano. El homicida, hoy interrogado por la OTAN, abrió fuego contra un grupo de militares desarmados. Accionó su arma con una serie de disparos que dejó además ocho heridos, uno de ellos de gravedad. Fue un ataque similar al perpetrado el pasado 29 de diciembre, cuando dos soldados —uno francés y otro estadounidense— fallecieron a manos de otro uniformado afgano a quien ellos entrenaban.
En respuesta a estos hechos, el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, ordenó suspender momentáneamente las operaciones en Afganistán y dejó abierta la posibilidad de adelantar el retiro de sus tropas, originalmente programado por la OTAN para finales de 2014. Se suponía que para entonces el Ejército Nacional Afgano ya estaría en condiciones de asumir la seguridad nacional de manera autónoma.
Sarkozy está muy molesto, pero en el fondo parece haber un problema más grave. Quizá no se trata de una cruzada de uniformados afganos contra franceses, sino de una disputa interna entre supuestos aliados que se extiende a todos los soldados de la OTAN, según un informe publicado por The New York Times.
El diario neoyorquino tuvo acceso a un informe redactado por un mando estadounidense en Afganistán, titulado Una crisis de confianza y de incompatibilidad cultural. En las 70 páginas que lo componen se evidencia que tanto a los afganos como a la coalición los une el combate contra la insurgencia talibán, pero los separa un desprecio mutuo: “Los incidentes mortales no son excepcionales ni aislados, sino que reflejan una creciente tendencia a los homicidios entre camaradas (tal vez en un número sin precedentes entre fuerzas “aliadas” en la historia militar moderna)”.
Ambos bandos tendrían sus razones: los soldados occidentales no se sienten seguros cuando patrullan con sus pares afganos, en parte porque consideran que abusan de las drogas y en parte por la duda creciente de una posible infiltración talibán en sus filas. El otro bando califica de “arrogantes” a los soldados occidentales y los acusa de matar civiles y de actitudes humillantes. Apenas la semana pasada salía a la luz pública un video en el que soldados de Estados Unidos orinaban sobre los cuerpos muertos de insurgentes talibanes.
El teniente coronel Jimmie E. Cummings Jr., de misión en Afganistán, desmintió el informe y calificó los ataques como “casos aislados”. Sin embargo, los datos del documento contradicen estas palabras: entre 2007 y 2011 han muerto 58 soldados de la OTAN en ataques perpetrados por soldados y policías locales.
“No puedo aceptar que soldados afganos disparen contra militares franceses”, declaró un Sarkozy notablemente indignado.







0 comentarios:
Publicar un comentario