El otro capo que ensangrentó a Colombia
Seguramente Pablo Escobar Gaviria fue más famoso y su nombre le dio la vuelta al mundo por su osadía criminal como capo de capos, pero Rodríguez Gacha, más conocido como ‘El Mexicano’, protagonizó un capítulo aparte de agresividad y delito, asociando su nombre a varios de los episodios más dolorosos en la historia contemporánea de Colombia.
El viernes 15 de diciembre de 1989, junto a seis individuos más que lo acompañaban, entre ellos su hijo Freddy, finalmente murió en su ley enfrentando a la Policía cerca a las playas de Sucre. La versión oficial de las autoridades fue que resultó abatido después de una cinematográfica persecución desde Cartagena. No obstante, el informante que lo delató aseguró que en el momento crucial y al verse vencido por la Policía, para evitar su captura se suicidó volándose la cabeza con un artefacto explosivo.
Cualquiera sea la realidad, lo cierto es que recordar la saga asesina de Gonzalo Rodríguez Gacha es refrescar la memoria de una secuencia trágica del país con varios capítulos de exacerbada violencia. Nacido en mayo de 1947 en una vereda del municipio de Pacho (Cundinamarca), desde muy joven entendió que el rebusque era su destino para salir de la pobreza. Así lo hizo desde que emigró a Bogotá y trabajó desde mesero y ayudante de buses hasta comerciante en el sector de San Victorino.
Pero un día cambió su vida porque viajó a Muzo (Boyacá) para iniciarse en el negocio de las esmeraldas, y rápidamente entró a convertirse en uno de los protegidos de quien entonces era el zar de esta actividad: Gilberto Molina Moreno. De su mano empezó a moverse a sus anchas por Muzo, Quípama, Borbur, Otanche o Chiquinquirá, no sólo aprendiendo los secretos de la minería, sino también entendiendo que en ese negocio muchos asuntos tenían que saldarse a bala. De ahí que se hablara de la guerra verde.
En poco tiempo Rodríguez Gacha se volvió la mano derecha de Gilberto Molina, y a su lado aprendió cómo hacerse respetar con la ley del gatillo. Sin embargo, de manera paralela al negocio de las gemas, empezaba a abrirse paso el narcotráfico. Gilberto Molina también tenía sus sembrados de coca, pero Rodríguez Gacha resultó aún más audaz en esta actividad y, con el apoyo de Verónica Rivera de Vargas, en los años 70 una de las emperatrices de la cocaína, se transformó en un verdadero capo del narcotráfico.
Esa trasformación lo llevó a elegir una región del país para expandir su propio imperio. Lo hizo en la zona del Magdalena Medio, entre Santander y Antioquia, donde también se relacionó con el grupo de narcotraficantes que le daban estructura al llamado Cartel de Medellín. En poco tiempo, junto a Pablo Escobar Gaviria, los hermanos Ochoa Vásquez y otros mafiosos de la zona, Rodríguez Gacha se volvió un acatado jefe del delito y un adecuado socio para los promotores del narcotráfico desde el departamento de Antioquia.
En 1981, cuando el M-19 secuestró a Martha Nieves Ochoa y los mafiosos decidieron crear el movimiento Muerte a Secuestradores (MAS), uno de los principales financiadores de esta empresa criminal fue Gonzalo Rodríguez Gacha. De paso, ‘El Mexicano’ encontró una razón adicional para alentar su odio enfermizo contra todo aquello que oliera a izquierda o a grupos guerrilleros. Por esa misma razón, cuando nació la Unión Patriótica, se trasformó en uno de los principales gestores de su exterminio.
En 1984, cuando el entonces ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, inició sus señalamientos contra los capos de la droga, uno de los mencionados fue precisamente Rodríguez Gacha. Pero en ese momento, ya ‘El Mexicano’ era todo un potentado. Tenía grandes extensiones agrícolas, innumerables propiedades y negocios con fachada legal. Además del Magdalena Medio, también había elegido otra zona de expansión: el departamento del Meta. Allá llegó con sus sicarios y sus rutas para la cocaína.
En los tiempos de la guerra del Cartel de Medellín contra el Estado y la sociedad colombiana, Rodríguez Gacha fue quien llegó más lejos en términos de barbarie. Pero no solamente fue uno de los artífices de los incontables actos criminales de los mafiosos que secundaron la aventura asesina de Pablo Escobar Gaviria, sino que por su propia cuenta y utilizando su arma predilecta de filtrar y comprar a miembros de la Fuerza Pública, desplegó su propia violencia contra la UP, contra los políticos tradicionales y hasta con sus propios socios.
En 1988, cuando ya el país sufría las consecuencias de la guerra abierta entre guerrilla, paramilitarismo y narcotráfico, entre otras expresiones ilegales, Rodríguez Gacha ya era un coloso de la guerra. Pero al mismo tiempo un gran empresario, al punto que la revista Forbes, en junio de ese mismo año, lo catalogó como uno de los hombres más ricos del mundo. Entre sus inversiones, de años atrás ya fungía como uno de los principales accionistas del equipo profesional de fútbol, Millonarios de Bogotá.
No obstante, Rodríguez Gacha sabía que su imperio tenía muchos enemigos y por eso se asoció con los pares de su negocio para extender sus actos de intimidación y de violencia. Uno de ellos fue Fidel Castaño, promotor de grupos paramilitares en el departamento de Córdoba y la región del nordeste antioqueño. De esta alianza y del apoyo del propio Escobar Gaviria y otros secuaces, surgieron incontables masacres de campesinos, o llegaron a Colombia mercenarios israelíes y británicos para aprender técnicas terroristas que luego pusieron en práctica.
Hasta que llegó el año 1989 que, de alguna manera, significó un punto de quiebre para todos. Empezando por el propio Rodríguez Gacha, que en febrero de ese año protagonizó una de las más cruentas matanzas de la época. En área rural de Sasaima (Cundinamarca), sus secuaces asesinaron a tiros a quien había sido su primer benefactor, Gilberto Molina. Junto a él fueron masacradas 14 personas más. Desde ese momento, a sus guerras contra el Estado o contra la izquierda democrática, sumó también la reedición de la guerra verde contra sus antiguos socios.
En ese momento ya era claro que Rodríguez Gacha no tenía límites a la hora de imponer su ley. Sus dominios territoriales se expandían por el Meta, el Magdalena Medio, el departamento de Sucre, algunos municipios de Cundinamarca y hasta tenía extensiones en el Putumayo o el Caquetá. En esa pelea por volverse el gran barón de la droga y del paramilitarismo, libró una guerra a muerte con las Farc a quien además acusaba de haberle sustraído unos cargamentos de droga, pero en asocio con Pablo Escobar siguieron en la ruta de los carros bomba y los asesinatos selectivos.
El más sentido de ellos, desde la perspectiva política, fue el del asesinato del casi virtual presidente de la República, Luis Carlos Galán. Aunque el magnicidio fue obra del Cartel de Medellín, la autoría material corrió por cuenta de los hombres de Rodríguez Gacha. El comando que perpetró el atentado del 18 de agosto de 1989 en la plaza central de Soacha, era suyo. El asesino material de Galán, el sujeto conocido como Jaime Rueda Rocha, era uno de sus principales lugartenientes y uno de los principales alumnos que tuvo el mercenario israelí, el coronel (r) Yair Klein.
Pero después del asesinato de Galán empezó la retirada de ‘El Mexicano’. Aunque algo tuvo que ver, al menos en la planeación, en los atentado contra El Espectador, Vanguardia Liberal, el avión de Avianca o el edificio del DAS, amén de otros cuantos hechos de violencia en ese año trágico, Rodríguez Gacha empezó a vivir su propio ocaso. Además, sin que lo supiera, otros de sus enemigos ya habían planeado cómo colaborarle al Estado para sacarlo de circulación. Los capos del Cartel de Cali que encontraron la forma de infiltrar su organización con miras a delatarlo.
Es la historia particular de Jorge Enrique Velásquez, alias ‘El Navegante’, quien recibió un millón de dólares para infiltrarse en el Cartel de Medellín, y fue la persona que, con el concurso de los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, dio la información clave a la Policía para dar con el sitio donde se ocultaba Gonzalo Rodríguez Gacha. Una operación cuya fase culminante se vivió en Cartagena, hasta donde llegaron las autoridades para capturarlo, con el apoyo de la DEA de Estados Unidos.
Sin embargo, como ‘El Mexicano’ también tenía sus informantes, el 14 de diciembre de 1989 eludió el cerco y por vía marítima huyó con sus principales hombres hacia el puerto de Coveñas (Sucre). Lo que no sabía Rodríguez Gacha es que ‘El Navegante’ también le dijo a los perseguidores hacia donde se había movido el capo. Por eso, una vez ‘El Mexicano’ entró a Coveñas, ya tenía encima a la Policía. A bordo de un camión Chevrolet rojo huyó por la vía entre Tolú y Sincelejo, siempre acosado por la Fuerza Pública.
En esa persecución, y en el momento en que ya era imposible mantenerse por una vía pública, Rodríguez Gacha y sus acompañantes se internaron en la zona rural tratando de ocultarse en un platanal. Pero en ese momento ya una patrulla de Infantes de Marina se había asomado al asedio. De ahí en adelante surgen las dos versiones: la oficial que afirma que una bala calibre 7.62 de la Policía le dio en el rostro y le causó la muerte; y la de ‘El Navegante’ que sostiene que en el momento de la captura, después de hacer una seña obscena, ‘El Mexicano’ se voló la cabeza.
Lo cierto es que ahí terminó la aventura asesina de Gonzalo Rodríguez Gacha. Los cadáveres fueron trasladados al Hospital Regional de Sincelejo donde los medios de comunicación tomaron las fotos e imágenes que conoció Colombia. Después, junto al cuerpo sin vida de su hijo Freddy, el cadáver de ‘El Mexicano’ fue remitido a Pacho (Cundinamarca), donde fue finalmente sepultado en medio de una multitudinaria ceremonia a la que asistieron decenas de personas que habían recibido alguna ayuda económica de quien también quiso vender la imagen de ser un Robin Hood moderno.
La muerte de ‘El Mexicano’ dejó a Escobar Gaviria sin un socio clave en su campaña de intimidación contra el Estado y la sociedad, pero también puso en aprietos a las autoridades para saber qué hacer con su fortuna. Fueron varios años buscando y encontrando caletas, incautando bienes o peleando con sus herederos para extinguir el dominio de sus propiedades mal adquiridas. Hoy, 23 años después de su muerte, la leyenda negra de Gonzalo Rodríguez Gacha puede recontarse entre sus múltiples herederos que siguieron en la tarea de convertir a Colombia en el escenario de su barbarie
Los capos del cartel de Cali
Sin embargo, sus problemas empezaron cuando fue capturado en 1974 y recluido en una cárcel de Atlanta (Georgia), donde apenas purgó un año de su pena y logró salir libre engañando a las autoridades norteamericanas.
Herrera Zuleta regresó a Cali, reactivó el negocio de la importación de coca desde Perú para procesarla en Colombia, pero ese mismo año volvió a caer preso. Se demoró un año en recobrar su libertad, pero ya no volvió al Valle del Cauca sino que se asoció a la narcotraficante antioqueña Marta Upegui, con quien reanudó los negocios de exportación de cocaína a Estados Unidos y Europa. Cuando empezó a declinar su poder, ya se había constituido en el Valle una poderosa organización de narcotraficantes.
Dicha estructura estaba encabezada por los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela y José Santacruz Londoño. Los dos primeros, oriundos del departamento del Tolima, tenían como antecedente delincuencial su vinculación con la llamada banda de ‘Los Chemas’, a la que se le atribuyeron varios secuestros en el occidente del país. No obstante, también se fueron desarrollando en el negocio legal de la farmacéutica, ante lo cual no les fue difícil camuflar sus dineros ilícitos provenientes del narcotráfico.
En cuanto a Santacruz Londoño, a quien apodaban ‘El Estudiante’, también tenía antecedentes en el delito del secuestro, pero a diferencia de sus socios, algunos semestres de educación universitaria. Santacruz Londoño fue uno de los primeros negociantes de pasta de coca que se traía desde el sur del continente, y también fue pionero de las relaciones de negocios con otras organizaciones del narcotráfico, razón por la cual siempre mantuvo nexos con los carteles de la droga de Antioquia o el norte del Valle.
Junto a los Rodríguez Orejuela y José Santacruz Londoño estaba Helmer “Pacho” Herrera, descendiente directo de Benjamín Herrera Zuleta. Era el más joven de la organización pero también el más osado y la razón era que su vinculación al negocio del narcotráfico la hizo posicionándose como capo de la distribución de cocaína y el lavado de activos en Estados Unidos. De hecho, llegó a ser el más importante lavador de los carteles de la droga colombianos. Y de colaborador en el negocio ilícito paso a ser uno de sus capos.
Con estrechos vínculos con otros narcotraficantes del norte del Valle que con el correr de los años se fueron dando a conocer, los cuatro capos del llamado Cartel de Cali se consolidaron como los reyes de la exportación de cocaína aprovechando el escaso control de las autoridades en las costas del Océano Pacífico. Desde sus principales puertos y de otros puntos clandestinos empezaron a enviar grandes cargamentos de droga, que contaban con la complicidad de miembros de la Fuerza Pública y otras autoridades.
Fue tal el grado de penetración de esta organización ilícita en el mundo legal que mientras el Cartel de Medellín era reconocido por sus actos violentos, su similar de Cali parecía inadvertido. Su arma fundamental fue siempre la corrupción. Y para hacerlo fue consolidando una relación de negocios en frentes claves de la economía colombiana. Por ejemplo, los Rodríguez Orejuela hicieron parte del Banco de los Trabajadores, de la misma forma como tuvieron acciones en la Chryler Corporation en Colombia.
Pero sin duda la fachada más importante de los Rodríguez Orejuela fue el club profesional de fútbol América de Cali. Cuando el equipo escarlata comenzó a ganar títulos a partir de 1979 y los acaparó durante la primera mitad de los años 80, además de la nómina de jugadores de primer nivel, el motor económico detrás de las victorias fueron los capos del Cartel de Cali. Y de la misma manera como penetraron en el deporte o la economía lo hicieron en los medios de comunicación, en especial en la radio.
Cuando estalló la guerra del Estado contra la mafia, a raíz de las denuncias del ministro Rodrigo Lara en el gobierno de Belisario Betancur, los capos del Cartel de Cali empezaron a distanciarse de sus homólogos de Antioquia. Sin embargo, después de la captura de Gilberto Rodríguez y Jorge Luis Ochoa en España en 1984, estuvieron unidos para presionar que ambos fueran remitidos a Colombia. Así se hizo y tanto el uno como el otro fueron procesados y absueltos por la justicia colombiana en extraños expedientes.
A mediados de 1987, cuando el gobierno de Virgilio Barco emprendió una nueva ofensiva contra la mafia, los Rodríguez Orejuela, Santacruz Londoño y Helmer Herrera optaron por apartarse del todo de los métodos del Cartel de Medellín en su confrontación con el Estado. Se veía venir la guerra entre los dos carteles de la droga, y a principios de 1988 ya eran enemigos a muerte. Durante los años siguientes, el Cartel de Cali, más de una vez apoyando al Estado, cumplió un papel clave en la lucha contra Pablo Escobar Gaviria.
De hecho, se pudieron documentar dos estrategias específicas: la segunda oleada de mercenarios extranjeros que vino a Colombia en la segunda mitad de los años 80, se logró gracias al auspicio del Cartel de Cali y su propósito era atacar la Hacienda Nápoles, sede de Escobar en el Magdalena Medio. La acción fracasó porque en el momento del operativo en 1989, el helicóptero en que se movilizaban los atacantes se precipitó a tierra por anomalías técnicas. La acción no aminoró la guerra contra el Cartel de Medellín.
En acciones como la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha en diciembre de 1989 o el fortalecimiento del grupo Perseguidos por Pablo Escobar (los Pepes) ya en los años 90, fue notoria la mano del Cartel de Cali como parte de la alianza para acabar con la estructura criminal de Pablo Escobar. Pero de sus apoyos clandestinos al Estado, su guerra aparte con el cartel del norte del Valle o sus actos de corrupción que precipitaron varios escándalos judiciales, se configuró un capítulo aparte de criminalidad.
Cuando cayó abatido Pablo Escobar en Medellín en diciembre de 1993, las autoridades colombianas enfilaron baterías para desmantelar al Cartel de Cali. Al fin y al cabo, en la más audaz de sus acciones, lograron filtrar la campaña presidencial de Ernesto Samper a la jefatura del Estado, precipitando el escándalo del proceso 8000. En ese contexto, el Estado unió fuerzas para capturar a sus capos, hecho que tuvo lugar entre los años 1995 y 1996, catapultando a la fama al entonces director de la Policía, general Rosso José Serrano.
Gilberto Rodríguez Orejuela fue capturado finalmente en Cali en junio de 1995. Su hermano Miguel cayó en agosto del mismo año. José Santacruz Londoño fue apresado en julio de 1995 y Helmer Pacho Herrera se entregó a la justicia en septiembre de 1996. El primero de los cuatro en sellar su suerte fue José Santacruz Londoño. En enero de 1996 se evadió de la cárcel La Picota, viajó a Medellín en busca de protección, pero lo que encontró fue la muerte a manos de la organización del jefe paramilitar Carlos Castaño.
En cuanto a los hermanos Rodríguez Orejuela, en virtud de las leyes imperantes en la época, fueron condenados a exiguas penas de prisión, al punto de que para el año 2002, al menos a Gilberto Rodríguez, se le alcanzó a decretar la libertad. Sin embargo, la justicia norteamericana y las autoridades de Colombia constataron que los Rodríguez Orejuela habían persistido en las actividades de narcotráfico después de 1997, razón por la cual terminaron extraditados a Estados Unidos. Gilberto Rodríguez en diciembre de 2004 y Miguel Rodríguez en enero de 2005.
Respecto a Helmer “Pacho” Herrera, cuando se recrudeció la persecución del Estado contra el Cartel de Cali, buscando ampararse en las laxas leyes de la época, se entregó a la justicia el 1 de septiembre de 1996. Por el mismo tiempo lo hicieron los principales capos del cartel del norte del Valle, entre ellos Orlando Henao, más conocido como “el hombre del overol”. Y entre “Pacho” Herrera y Orlando Henao había una guerra aparte que no tardó en saldarse con la muerte de ambos narcotraficantes.
“Pacho” Herrera estaba recluido en la cárcel de máxima seguridad de Palmira. Orlando Henao, junto a su cuñado Iván Urdinola, estaba en la cárcel La Picota de Bogotá. El 4 de noviembre de 1998, después de jugar un partido de fútbol, el capo del cartel de Cali fue sorprendido por un sicario que le quitó la vida. Pocos días después un hermano de “Pacho” Herrera que estaba preso en La Picota, hizo lo propio con Orlando Henao. Tras la muerte de ambos capos y a la vuelta de la esquina comenzaba otra guerra, la de Wilber Varela y Diego León Montoya que volvió a ensangrentar el Valle del Cauca.








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