Si Colombia no puede con el agua, habrá que unirse a ella

Hitoshi Baba se movió por La Mojana, El Banco (Magdalena) y el Canal del Dique liderando una misión cargada de nobleza. Con la tranquilidad de ser un experto en temas hidráulicos, doctor en Medio Ambiente e Ingeniería de Recursos Naturales, este japonés se esmeró en mirar con detalle las desgracias que había dejado la ola invernal, para darle pistas al país sobre cómo resolverlas.
Baba vio la región desde el cielo, a bordo de un helicóptero, y también se movió en lancha para tener muy cerca parte de los estragos. Ya en Bogotá, hablando despacio y con la seguridad que da la pericia, lanzó una sentencia que casi nadie oyó: "Aquí no saben vivir con el invierno. Y deben aprender a hacerlo más rápido de lo que lo han planeado -si es que lo han planeado-, porque no habrá muchas treguas".
Baba ya estaba en Tokio cuando, a finales de enero, llegó desde Holanda otro ingeniero, Fortunato Carvajal, un caleño que se fue a vivir hace más de 20 años a este país europeo, en el que sus habitantes, un día, optaron por unirse al agua con el fin de que dejara de ser, al menos por ahora, su peor enemiga.
Como parte de una misión del famoso instituto Royal Haskoning, con sede en Nijmegen, que también decidió ayudar a Colombia, Carvajal fue a la zona inundada y pronunció otra frase que hubiera podido unirse a la de Baba para formar una conclusión: "Colombia debe organizarse para enfrentar estos fenómenos, es inevitable; debe ser un país volcado en favor del agua, en favor de su buen manejo, porque lluvias así serán mucho más frecuentes por el cambio climático".
"¿Conoces el caso del río Mekong, en Asia? Esta es una cuenca que tiene una extensión cuatro veces mayor a la del Magdalena y el Cauca juntos, y cuyo curso transcurre a través de seis países. Allí hay una civilización muy desarrollada, pero, a la vez, esta le dio toda la importancia a los humedales, que son protegidos y no reciben ninguna intervención. Eso mismo se debe hacer aquí", explicó el colombo-holandés.
Lo que esos expertos dicen, y algunos colombianos lo apoyan: "Este país ya debe ser planeado bajo un nuevo patrón climático, con lluvias más frecuentes e intensas", recomienda Ricardo Lozano, director del Ideam, quien, en medio de su preocupación por los estragos de esta ola invernal, propulsada por el fenómeno de La Niña, definió la tragedia con esta metáfora: "Ha sido como si un huracán se hubiera quedado dentro del territorio durante un año".
Ese torbellino ya deja 3'318.564 personas afectadas, 448 muertos y 447 mil viviendas averiadas. Cifras acumuladas desde hace un año y que ahora nos ponen en el dilema de resolver qué hacer, cómo hacerlo y por dónde comenzar a organizar un territorio que deje de ser el tercer país del mundo con mayor población situada en zonas de riesgo (después de China y Bangladesh) y que pueda darles la bienvenida a los inviernos sin pensar en que ellos siempre traerán nuevas tragedias.
"Durante muchos años, el hombre ha tratado de adecuar el entorno a sus necesidades y ha perdido capacidad para adaptarse a él. Si hace frío, en lugar de ponerse un suéter, instalamos calefacción. En esa misma lógica, antes diseñábamos contra el clima, para defendernos de este. Ahora, lo que hay que plantear es cómo diseñar de acuerdo con él, entendiendo que este será cada vez más insidioso", dice Juana Mariño, arquitecta y consultora en Plan de Ordenamiento Territorial.
Ideas en este sentido no sobran, pero hay muchas. Por ejemplo, las misiones de Japón y Holanda propusieron crear un gran humedal en La Mojana, que funcione como un área protegida y que amortigüe las aguas de los caudales cuando estos sobrepasen sus cotas de inundación. Todo a costa de reubicar a una parte de sus pobladores.
En esta región del país, en la que confluyen Sucre, Córdoba, Bolívar y Antioquia, e incluso en otros lugares como la sabana de Bogotá, el Eje Cafetero y los departamentos de Nariño y Cauca (coincidencialmente, donde ha habido más tragedias), los humedales han sido destruidos para ser desecados y convertidos en áreas agrícolas y para levantar poblaciones.
Allí, los ríos siguen actuando naturalmente e invaden estas zonas, en un intento por recuperar sus recorridos originales. Según el Instituto Humboldt, en Colombia solo se preserva el 3,9 por ciento de estos ecosistemas nacionales. En la sabana, quedan menos de 1.000 hectáreas de las 50.000 que había, desde que hay registros, para amortiguar los cauces.
Los ríos no son obstáculo
Gerardo Ardila, director del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional, dice que en Colombia la visión de los ríos es desafortunada, porque se ven como tubos, como obstáculos, como fronteras lejanas, y no como sistemas vitales que tienen áreas de inundación que hacen las veces de amortiguadores de las crecientes.
"Si corremos los jarillones y dragamos los ríos, esto a fin de cuentas aumenta el volumen de agua contenida. Pero así estamos 'artificializando' el caudal, para que no se comporte naturalmente. Y secarlo, si es que se llega a ese punto, es acabar con un sistema vital", explica.
Pero los que opinan que la visión hacia los correctivos debe ser más estructural dicen que Colombia debe hacer un Conpes enfocado exclusivamente al cambio climático. Lo sostiene Óscar Amaya, procurador Ambiental, quien agrega que es urgente el establecimiento de áreas de amortiguación de fuentes hídricas, la revisión de las rondas de los ríos y hacer parques dentro de las ciudades.
Carlos Costa, ex ministro de Medio Ambiente, meteorólogo y ex director del Ideam, agrega que, según su percepción, los fenómenos extremos serán más usuales, pero especialmente aquellos que traen más lluvias, como La Niña.
"Ya que una zona se inundó, aprovechemos para no secarla, reubiquemos a la gente que viva allí, para que luego se inunde siempre y no tengamos nada que lamentar. Eso hay que hacerlo en muchos lugares con base en este 'mapa' que nos está mostrando el invierno de hoy".
Costa dice que el calentamiento global nos traerá más tormentas repentinas, incluso en épocas no invernales.
"Será necesario que las ciudades revisen sus planes maestros de alcantarillado de aguas lluvias. Y esto tendrá que ser prioritario en lugares como Bogotá o Medellín, pero también en capitales costeras o cercanas al mar como Barranquilla o Cartagena, que además tienen la influencia del aumento de las mareas", agrega Costa.
Afirma que la tragedia actual es la combinación de más lluvias con algo a lo que históricamente nunca se le puso freno: los asentamientos informales levantados en sitios vulnerables.
Por eso, hay que buscar, dice, suelo barato para reubicar a las familias que están por fuera de los subsidios de vivienda del Gobierno.
"No hay que pensar tanto en casas nuevas, sino en nuevos suelos, para que los más pobres puedan tener un sitio seguro para vivir. Así ellos mismos tengan que buscar ayuda para construir sus propias casas", opinó.
En el intento por convivir en un país más húmedo, y de la forma más útil, se han escuchado otras propuestas, como recoger el agua lluvia para darle usos específicos.
La casa en el agua
Hay ideas más concretas, pero, para muchos, descabelladas. Por ejemplo, Beatriz Uribe, ministra de Vivienda, Ambiente y Desarrollo Territorial, durante un recorrido que hizo hace unos meses por el Atlántico, propuso la construcción de casas flotantes.
Más de uno sonríe con sarcasmo frente a esa posibilidad. Lo que pocos saben es que la casa modelo está diseñada desde el 2008, cuando las facultades de arquitectura del país fueron convocadas por la Sociedad Colombiana de Arquitectos y el programa Convive III para que crearan la vivienda ideal para las zonas inundables, como ocurre en Egipto o Canadá.
Y si no son flotantes, por lo menos deberían ser palafíticas, dice Mariño, quien invoca el ejemplo de ciudades como Leticia. "Es una ciudad donde la gente tiene contemplado que el Amazonas va a subir su cota. Cuando el río se retira, deja una zona de juego y cultivos, cuando sube, la misma zona es para la navegación y los niños nadan en sus aguas. Riesgo cero no existe, pero lo podemos disminuir".
En Riosucio (Chocó), ciudad tan afectada por varias temporadas invernales, acaban de ser construidas viviendas encaramadas en estructuras de dos metros de altura, que, al comienzo, la comunidad vio como un exceso, pero que, a la hora de esta ola invernal, han sido las únicas que no han sufrido daños.
Lo novedoso de todo esto es, en suma, volver la vista a las culturas anfibias del país, como las de Buenavista, Trojas de Cataca y Nueva Venecia, en la ciénaga del Magdalena, que han construido, diseñado y vivido en poblados que, desde siempre, han sobrevivido con el agua al cuello.
Porque allí, donde el bus del colegio es una canoa, la puerta de la Iglesia colinda con la playa y los andenes están construidos junto al manglar, desde hace más de 100 años nadie piensa que el clima y sus aguaceros van a traer nuevas pesadumbres.

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